Interludio- Karazhan II

jueves, 20 de octubre de 2011

Las ruinas de la aldea se alzaban sobre el suelo polvoriento como un esqueleto oscuro y descompuesto. A lomos de su caballo, Celebrinnir casi podía sentir la presencia de los fantasmas que habitaban aquella zona. Ya se había recuperado del impacto que le había supuesto ver la silueta de Karazhan recortada contra el cielo oscuro y envuelta en aquellas sombras siniestras al final del camino. Ahora la caravana descendía hacia allí y la oscura mansión parecía dispuesta a engullirlos a todos. Avanzaban por lo que parecía haber sido la calle principal del pueblo, ahora silenciosa y tétrica. Dejaban atrás los postes chamuscados que todavía se mantenían en pie en mudo desafío, con la luz de las antorchas oscilando violentamente por el viento y arrojando sombras danzarinas e inquietantes en las calles oscuras.

La temperatura había descendido, señal de que en el siempre oscuro Paso de la Muerte había caído la noche. La caravana se mantuvo en silencio mientras atravesaban las ruinas, tal vez por temor, tal vez por respeto, pero cuando las dejaron atrás, el mundo pareció recuperar el sonido. Un centenar de metros de la antigua aldea, la caravana se detuvo. Karazhan se alzaba ante ellos terrible e imponente.

- Ya hemos llegado.- dijo Rielen, tendiéndole la mano para ayudarla a desmontar.

Le hubiera gustado desmontar de un salto para demostrarle que no era una frágil damisela, pero en realidad agradeció el gesto: tras tantos días montando, tenía las piernas acalambradas y desmontar de otra manera hubiera implicado una caída muy poco digna. Descendió de su montura y reprimió las ganas de masajearse los riñones en público: necesitaba desesperadamente un baño de agua caliente y poder cambiarse de ropa, aunque no contaba con ello. Fuera de Quel´Danas, no era más que una de tantas sin´dorei que viajaban por el mundo, de modo que no esperaba deferencias de ningún tipo.

Se había desatado una alegre algarabía a la cabeza de la caravana y se dirigió hacia allí. Habían llegado más antorchas y ahora la zona estaba bien iluminada, como una bola de luz en la oscuridad. Vio algunos mozos humanos descargar con diligencia los sacos de provisiones de los carros mientras que otros se hacían cargo de las bestias. Un capataz repartía órdenes e instrucciones sobre donde aparcar la carga y donde a los animales. Celebrinnir lamentó que no indicara también donde debía aparcarse ella.

- ¿Lerathien? ¿Celebrinnir Lerathien?- llamó una voz insegura a su espalda.

Se volvió y se encontró frente a un humano de cabello rojo que vestía la toga malva y dorada del Ojo Violeta. Nunca se había sentido cómoda en su trato con los humanos. Aunque sabía que los taumaturgos podían ser muy longevos, la esperanza de vida de su especie era tan breve que no podía evitar sentir lástima por ellos, y una cierta responsabilidad, al fin y al cabo, habían sido los quel´dorei los que habían enseñado los secretos de la magia a los humanos a cambio de su ayuda durante las primeras Guerras Troll. Este humano en concreto era joven y tenía cara de buena persona, y la miraba con unos inmensos ojos bovinos de color verde, algo ansiosos.

- Soy yo.- contestó, tratando de devolverle una sonrisa amistosa.

El humano suspiró con alivio.

- Recibimos el aviso de que vendríais- dijo, y añadió, desconcertado- ¿Dó.. dónde está vuestro equipaje?- inquirió.

Celebrinnir iba a responder que lo había dejado en su montura pero una voz se le adelantó.

- Está aquí.- Rielen se acercó a ellos. Cargaba al hombro la mochila de Celebrinnir como si apenas pesara. Sonreía - Bendito sea el voto de austeridad de los sacerdotes ¿Eh, León?

El guardaespaldas guiñó un ojo al joven mago, que pareció agradecer el gesto y respiró con alivio. Un gran peso pareció de pronto esfumarse de los hombros del muchacho.

- ¡Ah, Rielen!- exclamó León- Lleva el equipaje de la señorita Lerathien a la tienda de de admisión y luego vuelve corriendo. ¡Marinda quiere verte en cuanto acabes!

Rielen no se detuvo, hizo una breve reverencia antes de darse la vuelta y desapareció entre los carros. El joven mago hizo un gesto a Celebrinnir para que le siguiera y se dirigieron hacia el otro lado, esquivando mozos y carros. Al parecer, escoltarla de camino a sus superiores no era la única labor del joven León, que se fue deteniendo aquí y allá para dar instrucciones, hacer algunas preguntas y recoger con alivio un pequeño paquete que se transportaba en uno de los carros y que iba cerrado con un cordel.

- Estamos bastante aislados aquí- se disculpó el muchacho- Todas las provisiones llegan con la caravana y ha estado haciendo muy mal tiempo.

Celebrinnir emitió un leve sonido que no la comprometía y siguió caminando. Se internaron entonces en una zona bien iluminada donde aguardaban un par de tiendas de campaña de buena calidad. En la más grande aguardaba una elfa de cabello rubio que sonstenía una tablilla sobre la que se deslizaba mágicamente una pluma. También ella vestía una toga con los colores del Ojo Violeta y sonrió al verla llegar.

- Bienvenida, venerable- dijo la maga con una sonrisa reconfortante- Soy Hajiri, la encargada de la recepción y registro de visitantes. Recibimos la carta de Varo´lem avisándonos de vuestra llegada pero os esperábamos hace cuatro días. ¡Debéis estar agotada!

En su fuero interno Celebrinnir agradeció que se tratara de otra elfa y no de un humano quien la recibiera. Solo otro sin´dorei podía tratarla con la deferencia que su rango le garantizaba.

- El camino presentó algunas dificultades, - admitió Celebrinnir- solo espero que el retraso no represente ningun inconveniente...

La maga descartó aquello con un aleteo de sus dedos.

- No os preocupéis, mientras la Casa no se mueva, nosotros seguiremos aquí.- explicó con una sonrisa- Por ahora solo necesitamos que firméis en la hoja de llegada y el registro. Este es el anillo que os acredita como visitante autorizada. Luego León os acompañará al interior para que podáis poneros cómoda y descansar. En su carta, Varo´lem señaló que queríais consultar la biblioteca.

Celebrinnir asintió mientras firmaba los documentos que Hajiri le tendía.

- Nuestros documentalistas trabajan en varios turnos durante todo el día catalogando la colección, podréis acceder a ella en cualquier momento del día notificándoselo al jefe de turno en cada ocasión. Él os explicará las normas. ¿Cuánto tiempo tenéis pensado quedaros con nosotros?

- No tengo una estimación prevista- admitió la sacerdotisa enderezándose y pondiéndose el anillo- depende de la eficiencia de mi investigación. En una colección tan extensa y sin estar familiarizada con su organización, es posible que me lleve algunas semanas.

Hajiri sonrió comprensiva. El fuego de las antorchas proyectaba sombras danzarinas en su piel.

- No os preocupéis por eso. Decid lo que necesitáis a nuestros documentalistas y ellos podrán orientaros. Ahora, si lo deseais, León os conducirá a vuestra habitación.

Al volver a escuchar aquello, Celebrinnir frunció el ceño.

- ¿Se está alojando el Ojo Violeta en el interior de Karazhan?- inquirió, extrañada.

La maga hizo un gesto neutro con la cabeza.

- Sí y no- explicó- Se pudo descontamintar un ala de la casa, algunos dormitorios en realidad, y un pequeño comedor. El destacamento del Ojo no es tan numeroso en realidad, y cabemos todos dentro. Tampoco tenemos tantos visitantes después del expolio inicial de la mansión y no hace falta más, aunque hay que renovar periódicamente los hechizos de purificación del area: la influencia de la casa es muy poderosa e invasiva, y si nos descuidamos, podemos tener algunos problemas.

- ¿Es segura?

- Lo es, no os preocupéis, llevamos años aquí y ya le hemos cogido la medida a la mansión. Ahora os dejaré descansar ya. León os guiará por el interior de la casa hasta el ala dormitorio.

Celebrinnir le dio las gracias sinceramente y ella y el joven humano abandonaron la zona de las tiendas entre el humo de las antorchas. Volvieron a esquivar los carros y los caballos, y también a los mozos que seguían descargando las provisiones y metiéndolas en la casa por una pequeña puerta lateral.

Había un pequeño fuego en un lateral, junto a uno de los contrafuertes de la mansión, y a su alrededor había sentados algunos hombres, probablemente los guardaespaldas de la caravana. Se sorprendió a sí misma buscando con la mirada a Rielen y se sobresaltó cuando le encontró sentado al fuego, vuelto hacia ella y mirándola. Descubierta flagrantemente, la dirigió una sonrisa amable pero cortés y siguió su camino sin volver a mirarle.

Las palabras le llegaron como un susurro,enredadas en el sonido de la hoguera.

- Dichoso voto de castidad...

Celebrinnir se enderezó de golpe y abrió mucho los ojos, a medio camino entre indignada y complacida. El coro de risas amortiguadas que le llegó tras aquellas palabras le incendió el rostro y le hizo acelerar el paso. ¿Quien se creía que era? Ella no era una aventurera cualquiera, ni una mujerzuela del camino ¿Cómo se atrevía siquiera a sugerir algo así de una Sacerdotisa de la Fuente?

- P... por aquí, señorita Lerathien.- le indicó León, desconcertado por el violento rubor que cubría el rostro de la sacerdotisa.

Mortificada, siguió por donde el mago le indicaba y ascendieron unos gruesos escalones de piedra. De pronto Celebrinnir se dio cuenta de que estaba frente a la puerta de rastrillo de Karazhan, la mansión encantada de Medivh, donde medraban los fantasmas y los demonios y donde durante años había vivido el profeta cuervo.

Respiró hondo y entró.

Interludio- Karazhan I

El cielo era oscuro, con las nubes negras y pesadas arremolinándose sobre el angosto desfiladero de roca. El viento aullaba con fuerza entre las formaciones rocosas y hacía oscilar las más inestables amenazando con arrojarlas sobre el precario camino. Hacía frío: el otoño fuera de las fronteras del Bosque Canción Eterna era duro y cruel, de días cada vez más cortos y menos templados, y en el lúgubre paraje conocido como el Paso de la Muerte, parecía ser el invierno mismo.

La caravana avanzaba en una lenta fila por el angosto camino, pegada a la pared de roca para evitar el filo del barranco. Los animales de tiro llevaban cubiertos los ojos de manera que no pudieran ver la caída que se abría en el costado, pero se habían contagiado de la inquetud que había hecho presa entre los viajantes y algunos se negaban a seguir avanzados. Arrebujados en sus capas, los viajantes contenían su propia inquietud como podían: la caravana había salido de Roncal, en el llamado Pantano de las Penas, donde habían tenido que lidiar con las tierras cenagosas y las alimañas que lo poblaban. Allí la humedad burbujeante, los mosquitos y las arañas habían augurado un ominoso principio del viaje. Ahora era el entorno extremadamente árido y seco del Paso el que les ostigaba.

Una fuerte corriente de aire helado la estremeció hasta el tuétano y Celebrinnir se hundió en las profundidades de su capucha de viaje, inclinándose sobre el cuello de su montura para evitar crear más resistencia al viento. Avanzaban muy despacio y de manera intermitente, y la abrupta caída que se abría a su izquierda le inquietaba. Estaba helada, cansada y de un humor oscuro. Las penalidades del viaje habían mermado su paciencia y el retraso que llevaban respecto a la previsión oficial no hacía más que ensombrecer su carácter. Antes de salir, en Roncal, el guía le había asegurado que llegarían al campamento de Karazhan en la fecha prevista, a tiempo para su encuentro con los representantes del Ojo Violeta, sin embargo el viaje de había demorado más de lo previsto y pasaban cuatro largos días desde la fecha del encuentro. Le irritaba la torpeza del avance, sabiendo a ciencia cierta que hubiera podido adelantarse lo suficiente de haber viajado sola. No obstante, debía admitir que la presencia del guía y los guardaespaldas de la caravana era necesaria, ya que la ruta atravesaba el territorio de una sanguinaria tribu de ogros. Sabía que habían atravesado hacía poco un angosto paso sobre la cascada que se perdía muchos metros por abajo. Desde allí le había parecido atisbar entre las formaciones rocosas, el tejado puntiagudo de una torre. No estaban lejos, lo presentía, pero el Paso era laberíntico y traicionero, y tampoco hubiera podido desmarcarse del resto en un camino tan angosto como el que ahora atravesaban. Resopló resignada y se encorvó sobre su montura.

- ¡No desesperéis, venerable!- gritó por encima del viento el guardaespaldas que caminaba junto a la cabeza de su montura.- ¡Con suerte esta noche llegaremos a destino!

Celebrinnir le dedicó una sonrisa cansada. Se llamaba Rielen, era un sin´dorei de cabello oscuro y piel curtida por el viento que la había reconocido desde el principio como una sacerdotisa de la Fuente y la había tratado durante todo el viaje con una deferencia que en realidad no hacía más que irritarla. Ser una sacerdotisa de la Fuente del Sol no le evitaba el frío ni las penalidades del viaje, ni evitaba que estuvieran casi detenidos en el filo de un abismo con un viento infernal que amenazaba con lanzarlos a todos por el barranco. Se rependió a sí misma: estaba siendo injusta. Precisamente ser una sacerdotisa de la Fuente del Sol era lo que le había acercado al Ojo Violeta, el guardaespaldas no tenía la culpa. Además, le avergonzaba reconocer que los últimos meses pasados entre las comodidades y el respeto de Quel´danas la habían vuelto a convertir en una esnob.

Se inclinó por un costado de su montura para acercarse más a él, sujetándose el sombrero con una mano mientras con la otra se sujetaba a las riendas.

- ¿Tan lejos estamos?- tuvo que alzar la voz para hacerse oir por encima del aullido del viento- ¡Me pareció que estabamos mucho más cerca desde la cascada!

El guardaespaldas dirigió la mirada hacia el lugar del que venían y asintió con un gesto firme.

- En línea recta desde la cascada, la caída podría dejaros directamente en las puertas de Karazhan, pero no podemos descender por ahí con los carros y los caballos- explicó acercándose a ella para no tener que gritar tanto. Se movía con confianza por el borde del barranco. Señaló con el dedo hacia delante, hacia el camino- El único camino viable para la caravana es este, da un poco más de vuelta pero es el único transitable.

Olía a cuero y a sudor, podía sentirlo incluso a pesar del viento. Incómoda por su repentina cercanía, Celebrinnir se irguió de nuevo en su montura. Reprendiéndola, una nueva bocanada de aire frío la hizo encogerse de nuevo.

- Parece que conoces bien este camino.- concedió a regañadientes.

Rielen tomó aquello como un cumplido e irguió la espalda, orgulloso. Aunque llevaba un grueso pañuelo protegiéndole la garganta y la boca del polvo y el aire, Celebrinnir supo que sonreía. El viento agitaba su cabello castaño pero no parecía molestarle. Al contrario, le daba un aire salvaje con el que parecía realmente cómodo. Aquello también la incomodó.

- Llevo un año cubriendo la ruta regular entre Roncal y Karazhan, Venerable- explicó satisfecho, tratando de ver algo de lo que sucedía más adelante- Conozco el camino como la palma de mi mano.

Llevaba guantes de cuero hasta el codo pero Celebrinnir había visto sus manos en una de las paradas del viaje. Eran grandes, fuertes, curtidas. Le había indignado el efecto que la visión de aquellas manos había tenido en su espina dorsal. Recordarlo la hizo sentir todavía más incómoda.

De pronto una ligera conmoción recorrió la caravana y empezaron a avanzar. Celebrinnir dirigió a Belore una silenciosa plegaria de agradecimiento y clavó los talones en su montura.

Octubre, Vega del Amparo (II)

domingo, 16 de octubre de 2011

Había cabalgado toda la noche sin descanso, pasando como una exhalación entre los pinos envueltos en brumas, sobre un lecho de hojas secas que silenciaba el sonido de los casco y juntos, jinete y montura, habían atravesado el bosque bajo la luz de una luna tímida y fugaz que rielaba en las aguas del río Thorondil. Habían cruzado el río, blanco sobre blanco, como un borrón claro en la noche oscura, un espectro de luz de luna recortado contra la noche.

Cuando por fin reconoció la bifurcación que llevaba a la Mano de Tyr, Aurora puso al paso a su montura resollante y al cabo bajó del caballo para llevarlo por las riendas. Tenía las piernas acalambradas por la larga cabalgada en la noche fría, y tanto ella como el destrero necesitaban descansar.  El cielo de la noche empezaba a clarear por el este y las hojas que cubrían el suelo otoñal estaban cubiertas de gotas de rocío e incluso un poco de escarcha como una pincelada de cristal en los troncos de los pinos y en las rocas cubiertas de musgo. Las brumas de la noche todavía no se habían desvanecido y su halo resplandeciente daba al bosque dormido un aspecto casi fantasmal. Aurora se caló la capucha  y se internó en la espesura en silencio, con una mano en las riendas del caballo y la otra sujetando la bolsa de la armadura para que no tintineara a cada paso.

Siempre, desde que llegara por primera vez a la Mano de Tyr hacía tantos años, se había sentido hechizada por aquel bosque invernal, aunque la Plaga hubiera arrasado ya casi toda su extensión y solo quedara apenas una sombra del bosque primario que había cubierto tres cuartas partes del Reino de Lordaeron. Avanzó con sigilo entre los árboles, con el cuerpo en tensión dada la proximidad de la ciudad fortificada, con las mejillas arreboladas bajo la capucha y la piel fría en el amanecer. Atisbó entre las copas de los árboles un retazo de la gran muralla del bastión de la Cruzada con las primeras luces del alba y se detuvo para atar las riendas del caballo a una gruesa rama para que no delatara su presencia.

Envuelta en la gruesa capa blanca, Aurora se deslizó sigilosamente entre los árboles, aprovechando cada roca y cada tronco caído para encubrir su avance hasta las grandes puertas. No podía dejarse ver: aunque la Llama Roja ardiera impertérrita en su corazón,  era una desertora.

  Nunca había menguado su fe en los valores de la Cruzada Escarlata, en la nobleza de su misión, en el sacrificio que implicaba, en la lealtad de aquellos que como ella, habían abrazado el estandarte carmesí como causa y como bastión de esperanza en la lucha contra la Plaga. Los miembros de la Cruzada eran hombres y mujeres honorables, guerreros y paladines de la Luz que habían entregado su vida a la lucha contra un mal terrible que amenazaba con engullir el mundo, renunciando a cualquier otra esperanza que hubieran podido conservar fuera del aislamiento para salvaguardar las tierras de los humanos. Habían perseverado durante años, aislados en las llamadas Tierras de la Peste, inconquistables, imbatibles. La Llama Roja del espíritu humano había ardido siempre como un faro de esperanza en el norte olvidado, cedido a los muertos.

Habían sido engañados, sí. Rodeados de oscuridad,  habían sido cegados por el resplandor de la Llama pero ¿Cómo hubieran podido saber que el almirante Viento Oeste no era quien decía ser, si la mayoría de ellos jamás habían visto ni el reborde de su capa? ¿Cómo dudar de la devoción de Abbendis al ver la virtud resplandecer tan clara en su mirada? Y pese a todo ¿Habían cejado alguna vez en su misión, en su incansable lucha contra la Plaga? ¿Habían dirigido alguna vez sus ataques o extendido sus ataques a tierras no contaminadas?

“Los escarlatos son unos locos fanáticos”, decía la gente, escupiendo de lado a la mención de la orden. “Atacan a todo aquel que se adentra en sus dominios”

La gente nunca lo había entendido, los llamados héroes no habían comprendido jamás la pureza sacra del Monasterio y de la Gran Basílica que debía preservarse de la corrupción de la Plaga. Incesantemente, los llamados salvadores de Azeroth habían ignorado los enlaces en la Capilla de la Esperanza de la Luz, se habían lanzado al interior del Monasterio con sus armas desenvainadas y el ansia asesina en la mirada. Nunca se habían planteado la conmoción de semejantes ataques, provenientes siempre de un exterior impuro y contaminado, en aquellos bastiones cuya pureza se defendía con sangre y cientos de vidas y se indignaban y ofendían por ser recibidos como los atacantes que eran. Y así se habían perdido decenas de buenos combatientes, de luchadores excepcionales, de santos sacerdotes dedicados a la Veneración de la Luz. Y la observación de la regla de las Tres Virtudes.  Locos, ciegos perros fanáticos. Así les llamaban los habitantes de las tierras bajas, de las tierras libres, de las tierras puras. No podían siquiera atisbar la fortaleza, la disciplina y la rectitud necesarias para soportar, día tras día, el embate de la Plaga en una tierra conquistada por las hordas del Rey Exánime y rodeada de oscuridad.

Un rayo de sol furtivo se filtró entre las copas de los árboles y la sobresaltó, sacándola de su ensimismamiento. Maldijo por lo bajo: el sol empezaba a asomar entre las montañas y no había escuchado la campana. Sabía que llegaba muy tarde para la misa de maitines, pero tenía que haber escuchado la llamada a  laudes, o incluso la de prima si el sol llevaba tiempo fuera. La campana de la abadía y el carillón de la Basílica habían llamado siempre con una precisión milimétrica. Nunca, en los años que había vivido y prosperado allí, había faltado el reconfortante repicar de las campanas al amanecer. Un puño frío empezó a atenazar su estómago.

Octubre, Vega del Amparo.

sábado, 15 de octubre de 2011

Los últimos rayos de sol se derramaron sobre la ladera antes de sumir la región en las sombras de la noche. Las temperaturas habían empezado a bajar, dejando atrás el verano,  y en la hora del crepúsculo empezaba a ser de agradecer una capa bien gruesa para cortar el frío viento del norte que traía notas de invierno. En el crepúsculo, el estandarte blanco de la Cruzada Argenta ondeaba sobre los edificios con un aleteo constante.

En el campo de entrenamiento, los soldados resoplaron debido al frío aire sobre el sudor y algunos maldijeron por lo bajo. Aurora, de pie frente a su compañero de entrenamiento, bajó la espada y  observó con satisfacción como el aire se condensaba con su aliento creando una pequeña nube de vapor blanco. Siempre se había sentido más cómoda en el frío, y el aire cortante y la escarcha en el pelo jamás le habían supuesto un problema. Era una hija del Reino de las Montañas, y ni siquiera las nieves perpétuas de Rasganorte le habían hecho estremecer. La campana de la torre marcó el final de la jornada de entrenamiento y los soldados se encaminaron con prisa hacia los pabellones.  Aurora se demoró en el aire frío, alzando la frente y los ojos claros al tornasolado cielo del crepúsculo. Estaban mucho más al norte que Alterac y allí las corrientes del norte eran mucho más fuertes. Ojala nevara pronto… Respiró hondo, sintiendo como el aire frío le henchía los pulmones y cerró los ojos para oír, ahora sin el chasquido de las armas, el susurro interminable del bosque a su alrededor.

La sensación de saberse observada la puso en guardia. Abrió los ojos y buscó con la mirada el origen de aquella sensación.  Un poco más allá, junto a la herrería, un sin´dorei de cabello claro y perilla finamente cortada la observaba sin disimulo. Le mantuvo un instante la mirada, desafiante: no le gustaba que la miraran fijamente, y menos una criatura como aquella. Entonces el elfo apartó la mirada y Aurora asintió para sí, satisfecha, antes de encaminarse al barracón con paso firme.

Una vez sentada en su jergón, tiró con fuerza para sacarse las botas y se recostó con un suspiro para disfrutar de los escasos momentos de descanso antes de que sonara la campana de la cena. A su alrededor, el resto de soldados bromeaba sobre la jornada, se lanzaban pedazos de pan para mitigar un poco el hambre antes de la cena, y había incluso alguien que canturreaba una vieja balada de Kul Tiras por lo bajo. Normalmente nadie incluía a Aurora en sus bromas o conversaciones. La adusta montañesa de porte marcial y rostro hierático no participaba del humor general ni hacía esfuerzos por relacionarse, y su mirada parecía siempre desprender un halo de arrogancia que no invitaba a su compañía.

Por su parte, la soldado no parecía molesta con esta situación ni hacía esfuerzo alguno por remediarlo. Recostada en su jergón, Aurora agradecía que no se la molestara con chanzas banales ni canciones y aprovechaba aquellas horas para rendirse a la reflexión. Últimamente su mente, normalmente pragmática, la sorprendía vagando por los recuerdos del pasado, evaluando las decisiones que ya no podían deshacerse, los pasos dados a lo largo de su vida que habían acabado convirtiéndola en lo que era ahora, llevándola al lugar en el que estaba, rodeada de elfos y enanos que compartían mesa y charla como si el pabellón se hubiera convertido en un quórum de civilizaciones. Realmente no deseaba ningún mal a los no-humanos, solo los quería lejos, pero había tenido que tragarse el orgullo y disfrazar su desagrado con marcialidad a favor de la tranquilidad. 

Harina de otro costal era la sonada alianza con la Espada de Ébano y sus caballeros de la muerte, que había convertido a la apacible y recta Alba Argenta en una Cruzada. Ahora los campeones de Archerus, que habían descendido sobre las apacibles aldeas de Nueva Avalon y Villa Refugio masacrando a su población, paseaban entre los vivos henchidos de orgullo bajo sus nuevos estandartes blancos.  Aurora podía olerles y su sola presencia le resultaba casi dolorosa a un nivel físico, como el escozor de una vieja herida. Los Caballeros detectaban su desagrado y la miraban con desdén cuando pasaba por su lado. Y sin embargo allí estaba, soportando la humillación de reconocer que los humanos solos no podían solucionar sus propios problemas, que habían tenido que bajarse los pantalones para aceptar la ayuda de criaturas extrañas, incluso de animales. Y no solo eso: la ridícula solicitud les había llevado a mendigar la colaboración de los muertos.  Se le llenaba el corazón de bilis cada vez que pensaba en ello, así que apretaba los dientes, alzaba el mentón y la orgullosa Rosa de Alterac se agazapaba en lo  profundo para que solo el cabo Lightpath sostuviera la espada en los entrenamientos.

Todo por la Crematoria” se decía “Solo por la Crematoria

El regreso de la espada había supuesto la única razón para unirse a la Cruzada tras abandonar el asilo político del Crisol. El arma definitiva contra la Plaga en la mano de Tyrion Vadin, a quien se daba por muerto. Aurora no seguía al hombre, puesto que los líderes, como había podido comprobar, eran corrompibles y no había sabido jamás de ninguno que se resarciera. La espada lo había hecho, se había mancillado y purificado de nuevo y ahora el paladín dirigía la cruzada con el resplandor argénteo y rojizo de la Crematoria destellando en su mano.

-… jodidos escarlatos.

Su mente dejó de vagar, las palabras habían llegado claras hasta sus oídos desde algún lugar del pabellón, a través de la algarabía. Apenas parpadeó, toda su atención se centró en escuchar aquella voz: venía de un pequeño corro más allá, un grupo de cuatro o cinco soldados, un alegre grupo multirracial.

- Estuve en Corona de Hielo con la Espada de Ébano - decía uno de los humanos gozando del evidente interés de sus compañeros. Tenía acento sureño, de los Páramos, o tal vez de Bosque del Ocaso-. Tienen un parapeto en la pared de roca, justo encima del atolón del Embate Escarlata, y envían a cualquier recluta que se ofrezca a atacar su bastión. Nosotros éramos un destacamento de cinco y teníamos órdenes del Alto Mando de hacer todo cuanto la Espada nos encargara. Nos dieron unos viales, cuatro a cada uno, y nos ordenaron bajar, pacificar y regar con el contenido de los viales. No me gustó un pelo la sonrisilla en la cara del capitán mientras nos daba las órdenes, pero claro, yo chitón.  Nos hicieron montar esos grifos esqueléticos suyos. ¡Joder! ¡Casi mancho los pantalones volando sobre esa cosa y descendiendo en picado hacia el bastión escarlato!

Hubo algunos comentarios jocosos y el narrador interrumpió su historia. Aurora maldijo entre dientes, conteniéndose para no levantarse del jergón y sacudir al soldado de la pechera para que contara qué había sucedido en el Embate, cómo habían reaccionado los cruzados al ver abalanzarse sobre su bastión a las bestias aladas de los caballeros de Archerus. No hizo falta, alguien le increpó para que continuara con la historia. Aurora deseó fervientemente que hubiera sido otro de los humanos, no hubiera soportado sentir gratitud hacia un elfo o un enano.

- Bueno, al tema.- continuó el sureño con su tono musical y pausado-  Llegamos allí y se nos echaron encima enseguida. Nos superaban en proporción de dos a uno y nos pusieron en un aprieto, y tenían brujos ¿Sabes? O sacerdotes oscuros, o lo que sea. Matamos unos cuantos, pero venían más y pensamos que tendríamos  que salir nadando de allí, pero entonces uno de los viales, no sé de quién, se rompió de un golpe mal dado con una maza y lo de dentro cayó al suelo, sobre los cadáveres, y ¡Joder! No sé quién se quedó más blanco cuando se levantaron los muertos, si ellos o nosotros…

Friedrich…Kloderella… Raegar…

El odio bulló en sus entrañas como si fueran pozas de brea. Había sabido del asesinato impune y continuado  de sus compañeros de Cruzada en los incesantes ataques al Monasterio en los Claros de Tirisfall. Habían proscrito de la ley a la Cruzada sin siquiera enviar un alguacil a la Capilla de la Esperanza de la Luz, donde sabían que se llevaban a cabo las negociaciones con la Hermandad de la Luz. La Séptima Legión del Ejército de la Alianza había entrado por la fuerza en la Mano de Tyr y masacrado al destacamento allí establecido para la reconstrucción de Nueva Avalon y Villa Refugio. Los habían matado a todos menos a ella. A la teniente Lightpath de la Cruzada Escarlata le reservaron la tortura en un sótano del Centro de Mando de Ventormenta tras pasearla encadenada como una bestia por las calles de la capital del Reino.  Cuando pensaba en ello, todavía percibía  el olor a carne quemada…

Pero ahora… Una cosa era la muerte, la tortura. Otra cosa muy diferente era la crueldad infame, sádica y sin sentido de levantar a los muertos, convirtiéndoles en aquello que más habían odiado en vida, pervirtiendo cualquier rectitud, riéndose de la devoción, insultando la constancia y el sacrificio. ¿Cómo podía la Cruzada Argenta aliarse con semejantes monstruos? ¿Cómo podía ella vestir sus colores sabiendo las atrocidades que perpetraban? Sintió que se le cerraba la garganta, que de pronto le faltaba el aire…

- Pues dicen que en la Mano de Tyr ahora están todos muertos. Muertos y levantados, digo.

Se sentó en el jergón tratando de contener la sensación de ahogo que la invadía. Necesitaba salir de aquellas cuatro paredes, necesitaba sentir el aire frío mordiéndole las extremidades. Con forzada calma, se calzó las botas de nuevo y tomó la capa de piel que había dejado descansando sobre la silla. Cuando salió a grandes zancadas del pabellón, nadie le preguntó a donde iba. Aquello no la inquietó, de hecho, no podía pensar en otra cosa que en las palabras que se habían pronunciado al amparo del barracón.

… en la Mano de Tyr están todos muertos. Muertos y levantados

Fue directamente a la armería, vacía a aquellas horas, y en un saco metió las piezas de su armadura. Cogió también un escudo y una espada y lo cargó todo a los hombros hasta las caballerizas. El maestro de establos estaba allí y arqueó las cejas al verla llegar, pero cuando exigió un caballo con arreos y comida para el camino, se los ofreció sin cuestionar las órdenes. Habían servido muchos años como mando menor en la Mano y la autoridad no se desvanecía por haberse convertido en soldado raso. Cargó todo sobre el caballo y montó sin demora. Tuvo que conducirlo al paso hasta la entrada del bastión para no llamar más atención de la deseada, y mientras reprimía las ansias de clavar los talones en su montura, sintió de nuevo aquella particular sensación de saberse observada. No tuvo que buscar demasiado: apoyado contra uno de los postes de la herrería, el elfo de cabellos claros y  barba bien cuidada la miraba ahora con abierta curiosidad. Esta vez fue ella quien apartó la mirada bruscamente: había llegado a la puerta y con una voz, clavó los talones en el vientre de su caballo y se lanzó al galope hacia los bosques en dirección al bosque.

Los árboles se deslizaban raudos a su paso, agazapada sobre el lomo de su caballo para no ofrecer resistencia al viento. El saco con la armadura sujeto a la silla tintineaba a cada paso y la capa de piel de lobo ondeaba como un estandarte blanco y gris a su espalda, galopando sin detenerse entre los pinos fugaces, tratando de dejar atrás la voz del soldado en el barracón que la perseguía como un fantasma.

En la Mano de Tyr están todos muertos. Muertos y levantados