Santidad II

jueves, 3 de febrero de 2011

- ¡Gandarin!- el jefe de mantenimiento entró en el taller con los brazos en jarras y el pecho henchido , buscando furibundo con la mirada. A su alrededor los técnicos se afanaban en la puesta a punto de los últimos vehículos que participarían en el Gran Desfile en honor de su Majestad. Algunos levantaron la vista, pero volvieron a bajarla de inmediato y continuaron sus quehaceres. El jefe de mantenimiento tomó aire y bramó por encima del estruendo de los martillos.

- ¡GANDARIN!

- Aquí, Maestro.- respondió una voz que parecía venir desde abajo.

Erion Thanir, Maestre de los Talleres de su Majestad en Rey Anasterion desde hacía décadas, bajó la mirada hasta el par de botas negras que asomaban bajo uno de los tanques de combate. Las botas se afianzaron en el suelo y enseguida vio aparecer unas rodillas flexionadas, el color azul apagado del mono de trabajo y por último una cabeza metálica con unos extraños ojos de cristal encarnado.

Nanala se levantó agilmente de la plataforma con ruedas que había ideado para los trabajos de motores y se levantó las gafas protectoras, que le daban el aspecto de un exótico insecto. Llevaba el rostro manchado de hollín y goterones de grasa en la pechera, y sujetaba en la mano derecha una llave de grandes dimensiones. Thanir la miró con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho con gesto severo.
Al cabo de un instante resopló paa sí y la observó con ojo crítico.

- Lávate y cámbiate de ropa, ponte un uniforme limpio.- dijo al fin.- Se te necesita en el grupo de apoyo para el desfile.

La joven alzó las cejas sorprendida, pero se limitó a asentir.

- Te requieren en el muelle cuatro dentro de una hora. Más te vale estar presentable: se pasará revista a todos los operarios antes de permitiros acercaros a la zona del desfile. ¿Entendido?

Nanala lanzó una furtiva mirada hacia el carro que había estado reparando y luego a su superior. Thanir arqueó las cejas.

- Alguien se ocupará de ponerlo a punto. Ahora corre a cambiarte. ¿Entendido?

- Entendido, señor.- contestó la muchacha, y tras esto, Erion Thanir la observó un instante más y se marchó.

De pie junto al tanque, con la máscara a modo de visera y la llave aún en la mano, Nanala Gandarin suspiró. No se sentía cómoda entre los letrados y magisteres: ella prefería mil veces el barullo cacofónico de los talleres, el olor a grasa, a metal y a vapor.

- Lás órdenes son órdenes, Nana.- se dijo, y se dirigió a los armarios donde se guardaba el material, donde dejó ordenadamente sus herramientas. Aseguró el cinto que llevaba a la cadera y, tras una última mirada al tanque, se alejó al trote hacia el alojamiento de los técnicos.

Aquella zona de Quel´danas era su preferida, y no pudo evitar sonreir al verse rodeada por los tanques y máquinas que los técnicos ora empujaban ora arrastraban por los amplios caminos de grava. Nunca, durante su infancia en la aldea, hubiera podido soñar siquiera con un lugar como aquel, aunque incluso allí, entre los ingenieros y los servicios de mantenimiento, siguiera acusando una falta muy evidente de sensibilidad a la energía de la Fuente del Sol. Aquello realmente no le preocupaba, siempre y cuando le permitieran seguir trabajando en los talleres donde era realmente feliz, de modo que se afanaba todos los días en sus quehaceres y acudía rauda a su puesto, expectante, interrogándose sobre qué nueva maravilla tendría que reparar.

Iba tan inmersa en sus cavilaciones que cuando por fín se dio cuenta de donde estaba, supo que se había perdido. Aquello tampoco era preocupante, siempre acababa encontrando el camino correcto, pero ahora se encontraba peligrosamente cerca de la zona de las viviendas de los sacerdotes de la Fuente y prefería no encontrarse con ellos, ya que según los preceptos de sus superiores, el servicio de mantenimiento debía resultar invisible a los ojos de los habitantes nobles de Quel´danas. Se detuvo y miró a su alrededor: la cúpula de la Fuente asomaba entre los tejados peligrosamente cerca, pero el camino a la zona de mantenimiento tampoco era evidente. ¿Cómo iba a serlo si en teoría, a ojos de los ilustres siervos de la Fuente, ni siquiera existían?

Se dio la vuelta para alejarse, solo para encontrarse frente a frente con una joven que la observaba sin disimular su sorpresa. Tenía el cabello del color del cobre bruñido, como los elegidos de Belore, y los inmensos ojos de corzo de color azul cobalto la observaban sin ocultar su curiosidad. Sostenía contra el pecho unos libros y ladeaba el rostro en un gesto casi feérico, dejando que la cabellera cobriza se derramara por su costado como fuego líquido. Nana se enderezó todo lo dignamente que pudo y estaba tratando de recordar a toda prisa como dirigirse a un sacerdote de la Fuente cuando una vocecilla cristalina como las aguas de un riachuelo brotó de los labios de la muchacha.

- ¿Te has perdido?

Nanala parpadeó repetidas veces. No había hostilidad en su voz, ni siquiera reprobación, de modo que debía llevar poco tiempo en la isla. Ella llevaba dos años. Alzó el mentón.

- En realidad no.- mintió- Solo quería comprobar una cosa de cara al desfile.

Una risilla asomó a los ojos de corzo de la recién llegada, pero sus labios siguieron siendo amables. La muchacha de cabello de fuego hizo un gesto con la cabeza hacia la calle más amplia.

- Por ahí se llega a los Jardines.- dijo, y luego señaló la calle que discurría en diagonal a su derecha- y por ahí a la Biblioteca. Por esa otra creo que se llega a los Muelles y esta de aquí no sé a donde va, nunca la he recorrido. Tal vez algún día.

Nanala asintió: si, de hecho aquel era el camino. Quería darle las gracias por las indicaciones, pero su orgullo le decía que no podía admitir su desorientación. Permaneció unos segundos sin saber qué decir o cómo actuar.

- Tengo que marcharme, me están esperando.- dijo la joven elegida de Belore.- ¿Sabrás volver?

- Sí, quiero decir ¡Hasta pronto! - frunció el ceño, maldijo para sí y siguió hablando torpemente- Que Belore os guarde, venerable.

Y dicho esto, echó a correr por la calleja que la llevaba de vuelta a su mundo.

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