Interludio- Dalaran I

domingo, 6 de noviembre de 2011

 Dalaran:

El Juego de Manos era un salón de divertimiento, pero Volgar le había dicho que se encontraba relativamente cerca de la Ciudadela y que desde sus habitaciones, las vistas de la ciudad y del bosque bajo ellas era espectacular.

No le faltaba razón.

A la luz del crepúsculo la Ciudad parecía parte de un sueño, con sus jardines, sus altas torres de marfil y sus cúpulas doradas recortadas contra la aurora boreal. Apoyada en la balaustrada, Celebrinnir respiró hondo, disfrutando del intenso olor a ozono que llenaba la capital de la magia. En cierto modo, Dalaran le recordaba un tanto a Lunargenta, pero sus colores eran más amables y la fusión de los estilos élfico y humano le daban un aspecto mucho más cosmopolita. La ausencia del penetrante olor de las pipas de maná de la capital quel´dorei también hacia de Dalaran una ciudad mucho menos decadente.

Realmente, la capital mágica tenía una vida que no recordaba haber visto jamás en Lunargenta. A la luz del crepúsculo la ciudad bullía de actividad: aventureros de todo el mundo recorrían sus calles y llenaban sus posadas y tiendas, y sin embargo la algarabía no era tan escandalosa como hubiera cabido esperar. Magos y estudiantes de magia se apresuraban por las pequeñas y coquetas plazas bajo la atenta mirada de los centinelas del Pacto de Plata. Los escaparates arrojaban luces de colores sobre el suelo pavimentado y retales de conversaciones en todos los idiomas ascendían hasta los balcones. Parecía mentira que aquella magnífica capital hubiese sido destruida por los demonios algunos años atrás, o que hubiera sido el centro de mando en la lucha en Rasganorte. Flotando a cientos de pies por encima del Bosque Canto de Cristal, Dalaran era la imagen de una ciudad nueva. Podía entender que Kael´thas se hubiera sentido tan cómodo en aquel lugar.

Con un suspiro, Celebrinnir volvió a entrar en su dormitorio y descendió con pasos leves los escalones que llevaban al balcón. La habitación que había alquilado era espaciosa y tenía una gran cama decorada con dosel. Las paredes cubiertas de mosaico parecían un motivo recurrente en la arquitectura de la ciudad dándole un aspecto exótico y colorido, y gruesas alfombras cubrían el suelo. Junto a la cama, una pequeña mesa de madera tallada aguardaba con una copa de vino blanco a medio beber. Lámparas mágicas ardían en las paredes iluminando la sala e incluso allí, el canto del bosque se entremezclaba con el tintineo de las copas y las risas del salón de juego de la posada.

Se dirigió sin prisa hacia el espejo rectangular que aguardaba en un rincón de la habitación, flanqueado por sendas lámparas mágicas. A su llegada a la ciudad, Celebrinnir se había dado cuenta de que su exiguo guardarropa no incluía ninguna prenda lo suficientemente sofisticada como para no llamar la atención en tan elegante ciudad. La encargada de la posada le había hablado de una prestigiosa tienda de moda llamada "Los Hilos del Destino" en aquel mismo barrio, donde había acabado por comprar dos túnicas más acordes al estilo de la capital. Contempló su reflejo con languidez. La túnica que había elegido aquella noche era de un color violeta profundo, de un corte que le recordaba mucho a la toga de la liturgia en Quel´danas. Sabía que el modelo le favorecía y aunque no fuera del color acostumbrado, se sentía cómoda con aquella ropa. Se había soltado el pelo, que le había crecido en aquellos meses hasta media espalda, y lo había cepillado como cuando era niña hasta que resplandeció como una cascada de cobre.

Llevaba dos días en Dalaran y los había dedicado casi exclusivamente a instalarse y presentar la documentación necesaria en la Ciudadela Violeta para poder acceder a la Gran Biblioteca. No había tenido tiempo de empezar a trabajar cuando un joven paje humano había llamado a su puerta del hostal y le había hecho entrega de una elegante tarjeta donde Volgar le notificaba que ya había llegado a la capital y que deseaba cenar con ella. Tras un agil intercambio de tajetas, habían acordado reunirse en un pequeño restaurante del barrio de la Ciudadela al caer la noche.

Ya casi era la hora. Tomó la capa de seda que colgaba en el perchero y se preparó para pasar una noche encantadora.

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