Interludio - Lunargenta III

miércoles, 30 de noviembre de 2011


El corazón parecía ir a saltarle del pecho, de tan deprisa que batía. Tenía la impresión de que todo el mundo la miraba, como si un gran dedo ardiente hubiera descendido desde los cielos señalándola. Avanzó por la calle a paso vivo tratando de que no fuera evidente su prisa, luchando contra el impulso de encoger la cabeza entre los hombros y salir corriendo. Nunca, jamás en toda su vida había robado, jamás había tomado nada que no fuera suyo o para ella, jamás había tenido que escabullirse furtivamente de ningún lugar ni huir temiendo ser descubierta, pero no había podido hacerlo de otro modo.

Ni siquiera al cruzar el umbral de su alojamiento y cerrar la puerta tras ella, se permitió relajarse. Se apoyó contra la madera y aguardó, temiendo que en unos instantes llamaran a su puerta y la llevaran ante la guardia por ladrona. El temor de perder también su posición en Quel´danas, de convertirse en una paria de Quel´thalas, de perder lo único que le quedaba en esta vida, era terrible.

Aguardó.

La casa estaba en silencio y a oscuras, aunque Celebrinnir podía escuchar el latido de su corazón como un estruendoso tambor que le palpitaba en los oídos.

Aguardó.

El libro entre sus brazos pesaba como el yugo de la condena eterna.

Aguardó.

Nadie vino. ¿Era posible que no se hubieran dado cuenta del hurto? No, imposible con tantos ojos pendientes de ella. Cierto era que los brujos habían dejado de prestarle atención, pero el propio Alamma la había observado con insistencia, y había sido críptico al hablar con ella, como si conociera un secreto velado a los ojos de los demás y a ella misma. ¿Era posible que la hubiera dejado marchar, divirtiéndose por la urgencia de una sacerdotisa al sustraer algo que realmente carecía de valor? No, no sin valor, al menos no para ella. Cuando los latidos de su corazón se normalizaron, se atrevió por fin a alejarse de la puerta. Separó entonces el libro de su cuerpo, sintiendo las punzadas de dolor allí donde se habían clavado sus esquinas en la carne, de tanta fuerza con que lo había sujetado. Ascendió la rampa que llevaba al piso superior sintiendo que la firmeza de su paso regresaba, y entró en el estudio, iluminado suavemente por el resplandor de un orbe mágico.

Depositó el libro sobre la mesa y lo abrió. Al principio le había parecido solo un tratado más de demonología, definitivamente obsoleto. Había leído, casi con humor, las afirmaciones sobre la supremacía de los Grels o algunas técnicas poco eficaces para doblegar la voluntad de los abisarios. Había pasado las páginas con laxitud, casi con desinterés hasta que se había encontrado frente a una lámina ilustrada que le había detenido el corazón en el pecho.

Pasó las páginas de nuevo, ahora a toda velocidad, hasta que volvió a encontrarla: Abrahel le devolvía la mirada, una mirada lánguida y seductora que emergía de la marea roja de su cabello. Por supuesto, no era el rostro de Abrahel, bien podría ser otra sayaad o algún espíritu totalmente distinto, pero el ilustrador, fuera quien fuera, parecía haberla tenido frente a frente para dibujarla y había captado su esencia, una esencia que ella había conocido de primera mano. Observó largamente el dibujo, clavando la mirada en los ojos verdes de la sayaad de la ilustración. El texto de la página derecha estaba en escritura eredun y no lo entendía. Deslizó lentamente un dedo por los extraños símbolos: podía entender alguno, apenas nada, pero eso no daba sentido al texto.

Tendría que encontrar a alguien que pudiera traducirlo para ella, pero no podría ser en Lunargenta habiendo sustraído el libro del único lugar donde podrían ayudarla. En Quel´danas sin duda levantaría sospechas que acudiera son semejante libro en busca de algún intérprete de la lengua de los demonios, y sin duda los rumores llegarían enseguida a Shattrath, donde Kuu sin duda se frotaría las manos y se regocijaría por su evidente falta. Lo mismo se aplicaba para recurrir a los destacamentos de purificación del Templo de Karabor, ya que estaban compuestos exclusivamente por miembros de los Aldor y de los Arúspices de la Ciudad Sagrada. Tal vez en ese texto estuviera la clave para destruir a Abrahel, para librarse de su presencia, de su influencia para siempre. Tal vez no fuera nada en absoluto, pero si no lo intentaba, no lo sabría jamás.


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